lunes, 24 de febrero de 2014

Perdiendo de vista los nombres de las vidas para llegar al PMSDT

Sigo soñando con largas dunas de arena en las que se dibujan distintas formas con las que me enseñan el lenguaje que las cosas usan para comunicarse unas a otras. Así que me siento a esperar frente a la luna, en una nube inmensa que pasa con su inmensa sombra arrastrándose, palpando cada fisura y cada larga explanada que bosteza mientras el sol todavía sigue soñando en algún lugar lejos de esta esfera azul, de este plano medieval que se pierde entre dragones, como Escila, en los confines insondables de este sueño donde las cataratas caen hacia arriba, adonde nunca ningún ser jamás ha llegado, de dónde no hay más nada que sacar, llevar y vender para crear riquezas, ni la imaginación ha podido rellenar. La música recoge mis restos inertes y los lleva a las distintas grutas como una bocanada de humo iridiscente e inolvidable, hecho de palabras, signos, fonemas y espejos vacíos, donde las frentes lamen el suelo y las evidencias claman su necesidad como sierpes hambrientas.
Así sienten las grandes soledades, los inefables sátiros alados que con sus arpones protegen las verjas del otro extraño jardín de las delicias; así se esfuman los lejanísimos campos dormidos, la niebla que oculta la profunda herida de mar que corta todas las noches al acantilado con caricias de espuma y oleadas verdes: nubes de plancton y peces marchitos que brillan bajo su luz plateada, esa que refleja del soñador que nunca nadie vio despierto.
A veces atardece lánguido. Sola la tarde atardece, nada más atardece tan grisácea como la tarde misma en su ideal pureza. Vacía pureza hecha de alucinación y bancos de memorias. Distintos precipicios se presentan en la tabla de picar, la mesa de disección, el mortero, donde se acrisolan al fuego las heridas y todos los deslumbrantes breves cielos en los que esas pocas tristes veces he logrado despertar, se trituran hasta desvanecerse y desaparecen como mariposas lamidas por el fuego asombroso que vimos por primera vez hace ya tanto.
Donde alguna vez canté un himno y compuse con palabras un abrazo, donde se anidan los sosiegos y una de las muchas calmas que puedan existir resuena y el humo hace un hilo y el hilo cada vez más fino como un pelo asciende hasta deshacerse en la ausencia absoluta de viento y entre los átomos con toda su indivisibilidad. Uno de ellos sigue subiendo porque no desmaya ni olvida ni enloquece. Solo basta uno solo. Nada más que uno que tome la decisión que ninguno de los otros pudo. Uno victorioso que tal vez sin saberlo logre obedecer perfectamente al universo de principio a fin en este instante y para siempre. Y ese beso digital borrado seguirá viajando como un ángel a esa eterna frente inmaculada, transparente y siempre nueva, como el corte de la pendiente y el recodo del río por donde pasa un agua clara y pura, ficticia, como todo.
La literatura no trata de esos todos, si no del grupo con el que se interseca desinteresadamente: los particulares divididos desde el parto, separados del todo y su vacía inconmensurabilidad; los nombres propios que nacen, viven y mueren en la clandestinidad que la mente en algún momento alumbrará y a quien cautivarán como una carta recogida de la arena que nos morimos por leer. Y me dirán que preferiblemente escriba de otras cosas que tengan un principio y un final, pero en todo este tiempo, estos nuevos meses de dolorosa gestación, todo lo que he hecho es esto. He vagado y he visto millares de maravillas que me es imposible describir. He visto una mosca posarse sobre una sandía anisada que antes estuvo en un vaso de cerveza manchado con esa barba blanca que deja la espuma seca en el vidrio y he oído a las almas que también se han maravillado con las cosas más simples decir que el lenguaje que aprendemos de los seres humanos no sirve (ninguno de ellos) para que el único, el que dijo que volvía pronto, que no tardaba, pueda llegar a este instante sano y salvo, y ha sido hermoso como el canto de los pájaros y el crepitar del fuego.
Luces al final de los túneles. Ya llegan por mí y todavía no sé ni siquiera dónde tengo que caer ni dónde se cavará el agujero en el que finalmente mis restos queden como barbas grises adheridas a las piedras de un mundo olvidado por su estrella o evaporada como este cuerpo por su despertar. Mi alma espera las luces verdes, que se levanten las trancas, que no me pidan documentos ni permisos ni autorizaciones para poder sentir el latido en el más lejano de sus pies y en esa espera vaga extática con los colores que llegan desde el corazón del que sueña todos los días para que con palabras estúpidas podamos decir que hemos vivido un día más.
Experimento en las sombras. El sur. La luna y su sombra y en la sombra un dedo rozando delicadamente las grietas, mojándose en los mares, embarrándose en las zanjas llenas de lodo, arrasando ciudades, dejando un cañón detrás en las cadenas de montañas. Estoy del otro lado, donde se pierden los vacíos, los Seres con mayúsculas, el espíritu absoluto y cada una de las grandes verdades que engrosan los panteones y las enciclopedias y llenan bibliotecas de pasillos solitarios con sus absurdas ansias meméticas de trascendencia, pero que no nos han traído hasta ahora al único acá al frente para poder clonarlo, imitarlo en su peculiar inocencia. Es fácil imaginarlo como átomo, como nube, árbol, desierto, montaña, cruz, gema, estatua e idolatrarlo en espera congelada de la muerte, ¿pero como humano? Como humano jamás, primero lo apedreamos y luego lo volvemos a asesinar porque el único solo puede ser Yo, el único, el que está escrito con mayúscula y dice, como todos dicen con sus horribles alaridos, que es real. Y en cambio seguimos imitando esas imperfectas imitaciones particulares que constantemente olvidamos para al mismo tiempo olvidar de dónde viene nuestro futuro y que cada uno de los fragmentos ha podido compilar y remezclar en su merodeo gentil a través del error y la desobediencia. “Y de eso es justamente de lo que se trata”, me van a decir todos los demás fracasados que no entienden. Escucho sus voces en la oscuridad, hablando con sus almohadas, celulares y parejas insómnicas, quejándose de la paradoja, de lo que les han enseñado inútilmente a venerar: la vida, los ancestros, los dioses, los credos, las prácticas tradicionales en recuerdo de un extinto instinto de supervivencia que hoy consumen cautivados por la publicidad que el poder de turno pueda pagar.
Se acercan las bestias jadeantes con sus botellas, ya pronto el olvido a mí también me habrá tragado y será genial. Eructo. Ojos que se abren y cierran como esas paredes en las que han pegado distintas partes del cuerpo humano, bocas, brazos, piernas, sexos, ninguna cabeza completa que permita el reconocimiento de un alma, si no solo una masa informe de partes de cuerpos de distintos tamaños y colores puestos uno al lado del otro en desarmonía y nuevamente entiendo ese lenguaje y vuelvo a tener un cuerpo que cuando tiene hambre va a la tienda a comprar algo y que debería dormir.
Realmente no está hablando de nada, pero eso fue lo que dijo en algún momento, que las palabras eran estúpidas y que no servían para nada. Lo ha olvidado, pero con palabras que no entiendo. En otro momento algo dijo acerca del olvido y de unas bestias que lo perseguían para hacerlo olvidar con botellas de alcohol y moscas. Como un soñador que al despertar no recuerda nada, pero su rostro está lleno de lágrimas y en su corazón una rara desesperación se comienza a tejer hasta que se encuentra con otro que en las últimas veinticuatro horas también ha estado perdido, vagando en el mundo todavía inexplorado de los sueños. Algo así más o menos le entiendo.
No solo eso sino que, y probablemente sea lo más importante, estaba bajo la luna en una como especie de desierto que me gustaría saber cuál es o cómo es y si tiene elefantes con patas de jirafas cargando relojes y estatuas o si tiene hormigas y naranjas o si hay mujeres con las piernas descompuestas en pequeños cuernos romos de rinoceronte.
Pero y también estaba la sombra de la luna, palpando la tierra y dejándole una herida profunda que luego sería un río, un latigazo dado con un largo dedo, frágil, huesudo y níveo como el de la muerte.
Es una pesadilla triste, un despertar lacrimoso, olvidado. Un beso eliminado de la bandeja de entrada que nunca más volverá a suceder.
Está vagando, nos dijo que las palabras no sirven para describir o explicar todo lo que su alma puede estar viendo o experimentando en medio de su ensoñación, que vaga con colores, entre colores y formas abstractas como un drogadicto, un hippie. Está solo y triste y supongo que le gusta. Todo bien, está como la cabeza de Walt Disney; esperando el amanecer dorado como el resto de cientos de millones de hormigas y genios.
Qué se muera si quiere, se ve que solo maltrata su cuerpo para ordeñarle un paso más a esa errabunda desquiciada que es su alma e incluso, ésa, su alma, la que se jacta de inmortalidad y de poder penetrar el misterio del vacío, de la eternidad, de lo inconmensurable e inefable, y que conchudamente se burla de nosotros y nuestros “dioses, tradiciones y ancestros”, algún día también tendrá su San Benito y sabrá de qué se trata todo esto. Budas a mí, ja.
Se dice a todo cerdo le llega su San Martín.
Un solo átomo se necesita para llegar a la vida eterna.
El juego continúa, la serpiente sale de la copa, el cuervo se lleva en el pico al átomo exorcizado. Los continentes son repoblados, los caudillos se tiran al fuego como mariposas dejando una estela de polvo, fuego y cenizas de rabonas y otros soñadores que solo quieren libertad para sus hijos, pero mueren desangrados por el repase enemigo y los casuales errores de la artillería aliada.
¿Y qué soñaste? ¿Qué estarás soñando en esta noche, que a todos nos cubre? ¿Ya despertaste? ¿Ya estoy despierto, ya? ¿Ya? ¿Dónde estamos? Pensé que tendrías algo nuevo que contar, pero veo que sigues todo desprogramado e irremediable, queriendo vagar y solo, que es probablemente lo más preocupante de todo. Qué tan alto tiene que volar el átomo de humo en línea recta para saber qué tanto dura la calma, qué tan dura es. ¿Cuándo vas a volver? ¿Cuándo volverás a ser el que eras antes, el que hablaba de amor y de la vida y estaba enamorado de las piedras y los árboles y bailaba alocado entre los cuerpos humanos y se agitaba muy de vez en cuando y metódicamente en el suelo para poder ver con nuevos ojos, nuevos cielos y los exploraba hasta dar con el principal menos sospechoso de todos y lo asesinaba final y definitivamente por el bien de todos? ¿Cuándo llenarás de luces el desierto y lloverá? ¿Cuándo será tu despertar finalmente valioso y útil, y aceptarás ser un utensilio divino como todos los demás? ¿Seguirás vagando de pesadilla en pesadilla por donde tu paranoia quiera llevarte o serás como el viento que es aún peor de vago y besa todos los labios y alimenta todos los pechos y disuelve las miasmas y dibuja las más hermosas formas en las montañas con el lenguaje que llevas ya tantos años aprendiendo, pero con el que hasta ahora nunca nos has podido deleitar ni siquiera a través del más simple de los poemas?
Ahora deberías hablarnos de cosas más aburridas y en las que tu corazón no esté totalmente empantanado como los plátanos o los insectos y sus variopintas formas de subsistir. Has intentado por ejemplo contar una historia de lo que te ha pasado durante los últimos días, algo tal vez con esas historias que aparecen en los periódicos. Habla con tus tíos, ellos saben un montón de historias interesantes.
Esas son las historias que se cuentan a la hora de almuerzo y se escuchan apurando un vaso de vino y fumando en pipa. Esto es otra cosa, esto se lee de algún modo para que tu alma reciba algo en su tabla de picar, en su mesa de disección, donde al fuego del horno se prepara al hombre del futuro, el que volverá a reducir a cenizas la gran biblioteca de Alejandría y retrasará la historia de la humanidad otros cuantos cientos de miles de años. Estas son visiones, gotas de la misma agua que fluye a lo largo de toda la tradición que han formado todos los usuarios del lenguaje, es decir los que han encriptado y los que han descifrado, y como la hoja que se aleja del follaje para poder recibir la luz, estas gotas han fluido solo por unos cuantos caminos entre los millones que tienen mojada la ventana y siguen cayendo y probablemente luego se encuentren con otras gotas y se perderán de vista los pequeños riachuelos pero las gotas seguirán cayendo hasta empozarse y volver a ser una sola charca para finalmente evaporarse como todas las masas de agua que se detienen a adorar al soñador, la fuente de todos los sueños y perecen bajo del calor de su luz al amanecer.
Consolémonos con que algún día, él volverá a salvarnos a todos y que donde sea que esté podemos estar seguros que sigue ascendiendo sin haber podido llegar a un tope y sin haber sido desviado por la más leve fuerza de su camino a nuestra salvación, la que es necesaria. ¿En cuál de sus puntos es que el círculo se cierra? ¿Qué hago aquí? No es miedo, es una emoción intensa, como la adrenalina que botamos cada madrugada, cuando el frío y el vapor.


Baño de las casas de té, higiénico y mancha de vómito en el cuello de la camisa y la corbata. Lentes rotos. Felicidad en estado puro. Lo he releído ya varias veces y no le quitaría ni una palabra, solo le pondría tal vez un par de comas más.

Alegrías del principal menos sospechoso de todos

Ahogado en extrañas memorias de eventos que no han sucedido aún.
Caminatas por bosques perdidos entre costas de silencios interminables.
Espejismos absurdos que rezan en las esquinas del diamante a algún dios.
El viajero dormido amanece viejo entre camas y desperdicios de vidas olvidadas.
Una risa recorre los campos inimaginables que atraviesan cada instante en sus puntos ciegos.
Asciende una brisa llevando el humo imperturbable.
Sonido de lluvia, sonido de bólidos de fuego sin auditores.
Los espectadores del fantasma que llora y ruega en cadenas mueren gaseados por terroristas, luego encarcelados, luego juzgados, luego alimentados.
Algo que explota en algún lugar de una cabeza y bombea felicidad, agonía y eternidad.
Espejos rotos, bibliotecas en llamas, muchas cosas que suceden pero a las que nadie les presta atención como hormigas en el universo. Colonias de planetas y planetas de colonias. Un olor que le hace abrir el ojo a otro tipo de visiones inexpresables.
Intentos vanos como la luna, tierra en grandes fosas de fuego y el oro que flota encima del líquido ardiente.
Alineaciones de estrellas que esperan la próxima cuadratura que dé comienzo a la historia, pero que son solo uno de los tantos versos tachados.
Abismos, caídas, desintegraciones y soledad.

Tristeza que alegra.