lunes, 17 de noviembre de 2008

Improvisación en torno al azul



Una de esas pocas cosas que recuerdo era que llegaba, cerraba la puerta. Era de noche y me ponía a tocar guitarra hasta tener alucinaciones o hasta ponerme a llorar. Entonces narraba esas alucinaciones pensando que seres invisibles se deleitarían en su no-hacer-nada, o gritaba incoherencias intentando que el sentimiento se quedara interminablemente, hasta que comenzaba a toser y la garganta no me daba más. Al día siguiente no podría hablar o estaría ronco, pero eso que importaba: había cantado, había tocado guitarra.

Una de esas alucinaciones era la de estar en una cueva prehistórica sin sombras, sin luces, afuera la noche y la luna llena. Las estrellas quietas y lluvia. Algunos meteoritos, sombras de enormes dinosaurios moviéndose entre los árboles. Policías me buscaban para matarme en ese entonces, queriendo que la armonía y el orden universales finalmente imperaran y tuviesen contentos a todos en una especie de sistema perfecto y utópico. Pero extrañas luces aparecían volando como moscas entre las cosas, hasta dar con la cueva. Esa lucha entre aquellos que me quieren eliminar y aquellos que no quieren que eso suceda era sublime. Dos fuerzas opuestas librando una batalla eterna al frente mío, en la oscuridad. Mientras en una sola nota rasgueaba durante un minuto y luego otro minuto en otra nota y luego volvía a la primera. Entonces verso por verso la historia se formaba incompleta y fragmentaria.

Un rostro me miraba de cerca y yo a él, estegosaurios rumiaban y bufaban allá afuera como enormes ballenas entre los árboles, explosiones de meteoritos que hacían temblar el suelo al chocar contra la tierra resplandecían en el horizonte, lluvia, estrellas, luna, el ser estaba ahí desnudo al frente mío y siendo yo. A veces toda imagen mental se hacía añicos dejándome abandonado en la total oscuridad y la sensación de vacío. Entonces no podía cantar más. Y quería romper todas las cuerdas, tirar la guitarra contra el suelo, romper las paredes, ser una bomba y estallar, destruir el mundo, el universo entero si fuese necesario.

De nuevo regresaban las imágenes, ahora a colores. La luz de la habitación seguía apagada, a lo lejos los postes de luz eran esas mismas estrellas fugaces en still. Los dinosaurios y demás fuerzas de la naturaleza allá fuera en una danza caótica de autodestrucción y renovación. Al frente mío esta especie de policías del silencio y la ignorancia. Si fuese por ellos me hubiesen desaparecido colocando en mi lugar un robot, una máquina igual de inútil, pero definitivamente no-yo, perfecto, capaz de cumplir sus funciones y de actuar para ellos de manera predecible, controlable. Sí, bueno de cualquier forma y no sé porqué, eran incapaces de atravesar la barrera que hacían las moscas de colores fascinantes a mi alrededor, volando en movimiento browniano, tan rápidas que, para empezar no sé cuantas eran, pero eran de todos los colores de tal forma que creaban una luz blanca al mezclar sus caminos.

Pisaba cualquier traste, movía un encendedor a través de todo el mástil, succionaba la saliva pero era imposible que un hilo de baba no cayera sobre mi ropa. Al fin y al cabo yo estaba ahí, nada más. Un par de horas de ese ruido que grababa en un casete para mostrarlo a mis amigos, luego iba a comer. En esa época bordeaba los 17, cinco años después cumplí 16. Era la época en la que nacería Audicidas y un par de semanas después la Miguel's Band.

2 comentarios:

Eduardo Huaytán Martínez dijo...

el primer párrafo me parece excepcional, y es que todos hemos tocado guitarra hasta quedar sin voz...hasta llorar

RR dijo...

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me enriquece leerte alucina.

habla, cuando nos enriquecemos los pulmones ttigre?